No me gusta este juego de palabras para describir una de las peores lacras sociales a la que los hombres, no solo los españoles, hemos de enfrentarnos sin que se haya creando aún la conciencia social suficiente para hacerlo de manera eficaz, porque la 'violencia doméstica' no 'domestica' sino que genera más violencia, una espiral que se manifiesta más tarde y lo hace también contra niños, mayores y en otros estamentos sociales.
La violencia en el seno familiar, otro de los eufemismos utilizados para describir este fenómeno para de forma suave describir el maltrato puro y duro es la violencia gratuita ejercida hacia nuestros seres más próximos, simplemente porque podemos; no tiene un ámbito concreto, todos los estratos sociales la sufre pero en los barrios sociales tiene otro color, la proximidad le confiere un escalón más en la ignominia.
De los muchos casos que he conocido solo comentaré dos. Jaime y el 'Napias' del que utilizo el mote porque nunca estuve seguro de su verdadero nombre. Dos tipos que aparentemente no rompen un plato pero que en la intimidad actúan como verdaderos terroristas de la manipulación.
El hijo de Jaime tenía sólo nueve años cuando ya era famoso en el colegio por las veces que se caía al bajar las escaleras de su casa. Esa era la explicación que daba obligado por su madre cuando lo preguntaban por los moratones que lucía gracias a que su padre un día si y otro también lo reventaba la cabeza contra la mesa con una violencia inusitada. Cualquier excusa valía, unas notas malas, una ligera desobediencia pero también levantar la cabeza del libro sin su permiso u otra de las miles e insignificantes razones que se le pueden pasar por la cabeza a un maltratador para practicar el juego que más placer le produce. Su mujer era también diana de aquella violencia pero sobre ella era ejercida de otro modo. Ella era violada a diario, con actos sexuales violentos y sonoros que se escuchaban a través de las paredes aunque su casa había sido forrada por bolsas de papeles y ropa con las pretendía amortiguar suficientemente los ruidos como para que nadie le impidiera delinquir de madera silenciosa e impune. Él, a buen seguro que también habría sufrido y quizá aún seguía sufriendo, al menos emocionalmente, alguna forma de violencia por parte de sus padres.
No se le reconocía un trabajo fijo eso sí, cada día acudía dócilmente hasta el negocio que sus padres regentaban con el objeto de ayudarlos a cambio de protección y un mísero emolumento. A todos los efectos estaba soltero pero tanto el cura de la parroquia como las asistentes sociales sabían que había reconocido a sus hijos incluido el mayor del que decía no ser su padre siendo acaso por eso la diana de tanto sufrimiento. Cuando te acercabas, despedía un olor desagradable que auguraba una higiene relativa que su cuidada apariencia ocultaba. También fingía haber estudiado, presumía con frases redundantes, rotundas y rebuscadas, adoptando poses meditativas que engañaban salvo cuando profundizabas un poco y cuando yo lo hice averigüé dos cosas, una que tenía faltas ortográficas de caballo como escribir 'haber' sin hache y con uve, o que todos sus estudios se redujeron a un breve paso por el seminario en el que sin duda le formaron en fingir poses socialmente adecuadas.
Lo curioso de todo esto es que había gente en el barrio, algunos en la misma escalera, sabedores de lo que allí ocurría y no hacían nada para impedirlo con el argumento de que no era su asunto, que si la mujer no denunciaba por qué lo iban a hacer ellos, que si los trapos de casa se lavan en la intimidad. Algunos admitieron ante la policía que en alguna ocasión se acercaron por su casa y se dieron la vuelta sin llamar al escuchar a través de la puerta cosas que les impedían llamar prefiriendo darse la vuelta y actuar como si nada hubiera ocurrido. Así es como los desalmados violadores domésticos cuentan con la complicidad de la sociedad.
Un día llegaron vecinos nuevos al edificio ocupando un piso contiguo al suyo y alucinaron con lo que cada noche escuchaban. No les pareció normal y acudieron a la persona que ejercía en aquel momento como presidente de la comunidad. Ambos convinieron en la necesidad de denunciar ante las autoridades y lo hicieron de la única manera que les fue posible dada la pasividad de la madre para defenderse y defender a sus hijos. El Fiscal del Tribunal de Menores recogió la denuncia y prometió discreción en aras a impedir roces entre vecinos.
Supe entonces muchas más cosas sobre la vida de aquel pequeño monstruo. Supe que ya había maltratado anteriormente, que la familia no tenía contacto con su mujer, que era un lobo con piel de cordero, en definitiva, que todo el mundo sabía cosas pero nada habían resuelto que impidiera a aquel monstruo a salirse con la suya. Además por haber abandonado el seguimiento de aquella familia, nos encontrábamos ante un caso de dejadez por parte de las autoridades que de nuevo había dejado paso libre a la impunidad. Ahora, como el maltratado era un menor, la fiscalía envió inspectores. Las asistentes sociales advirtieron que si persistía el maltrato o si volvían a recibir alguna indicación por parte del colegio, de lo que se desprende que en el colegio estaban al tanto aunque tampoco hicieran gran cosa, les retirarían la patria potestad de los niños, les tirarían del piso y cancelarían las ayudas que hasta el momento recibían. Con ese escenario, el tipo no tuvo más remedio que cambiar de conducta y su hijo dejó de lucir moratones.
Las autoridades se sentirán satisfechas por el deber cumplido dando el asunto por resuelto pero aunque así hubiera sido las medidas tomadas solo podían paliar el dolor venidero, nunca el sufrimiento ya infringido ni el posterior de tener que seguir compartiendo techo con aquella persona que disfruta haciéndote daño.
Aunque se volvió más precavido y menos participativo si cabe, adoptando posturas sumisas estoy plenamente convencido de que más allá de lo que aquí pueda parecer sigue maltratando de la manera que fuere o que pueda hacerlo.
